lunes, 23 de diciembre de 2019

EL NUNC DIMITTIS


Reflexiones sobre Simón y el bebe Jesús de Lucas 2:21-40 (Parte II)

Lucas 2
25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. 27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:

29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; 30 Porque han visto mis ojos tu salvación, 31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 32 Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel. 

Recuerdo mucho cuando Luquitas, mi hijo, recién había nacido. Tenía miedo cargarlo, lo veía frágil y pensaba que se me caería o lo rompería si lo presiono muy fuerte. Simeón cargo al bebe de un mes y medio, y ante él estaba un niño frágil, muy pequeño, probablemente dormido, o abriendo los ojos con dificultad, y es en estas circunstancias que sus labios pregonaron el cuarto cantico que encontramos en Lucas, el Nunc Dimittis , que al igual que los canticos anteriores sus títulos provienen de las primeras palabras del cantico de la versión latina de la Biblia “Ahora, despides”.

Es sorpréndete que, aunque ante Simón estaba un frágil bebe, el vio mucho más que aquello: (1) Vio la Soberanía de Dios actuando “Ahora, Señor”; (2) vio la Fidelidad de Dios “como lo prometiste”; (3) sus ojos habían visto a Salvación de todos los pueblos, al Salvador; (4) y la luz que alumbraría a todas las naciones, ¡hasta los gentiles!  Vio que la Consolación de Israel seria la Consolación de la Humanidad, sin restricciones ni discriminaciones por absurdos prejuicios, sino que iba a estar al alcance para todo tipo de personas que también querían depositar su fe en él y seguirlo.

Esta visión de Simeón de Jesús, me recuerda a lo que plantea Juan A. Mackay en su libro el Otro Cristo Español, de como una visión o imagen de Cristo reducida tiene profundas consecuencias no tan solo a nivel teológico sino en la vida misma. Mackay plantea que mucha de la Cristología Latinoamérica popular se ha quedado con dos imágenes de Cristo, su niñez y su muerte. Una causa ternura y la otra lastima: “Ni se concibe ni se experimenta Su señorío soberano sobre todos los detalles de la existencia, Rey Salvador que se interesa profundamente en nosotros y a quien podemos traer nuestras tristezas y perplejidades. Ha sucedido algo sumamente extraordinario. Cristo ha perdido prestigio como alguien capaz de ayudar en los asuntos de la vida”[1].

¿Qué imagen de Cristo tenemos nosotros? ¿Qué concepto tenemos de él? Simeón, vio más allá del niño Jesús, su imagen era la de un Salvador, su Salvador, y fundamento de su esperanza y paz. ¿Dónde esta nuestra esperanza y paz en estas épocas?, muchas veces quedamos enredados en el consumismo compulsivo, nos preocupamos más en los regalos, en la cena, o por la falta de regalos o falta de cena, no se tiene paz ni esperanza, porque en estas fechas pensamos en todo menos en Cristo encarnado, vivo, muerto, y resucitado que ha ingresado en la historia de la humanidad, nuestra historia.  De esto trata la Navidad, es una invitación a mirar a Cristo.




[1] Juan A. Mackay. El Otro Cristo Español, 162p.

LA CONSOLACIÓN SE HA HECHO CARNE


Reflexiones sobre Simón y el bebe Jesús de Lucas 2:21-40 (Parte I)


Lucas 2
25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. 27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:

29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; 30 Porque han visto mis ojos tu salvación, 31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 32 Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel. 

Estando en el templo la familia de Nazareth, Lucas introduce en escena a Simeón, y lo describe como un hombre justo y piadoso, que el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin antes ver al ungido del Señor, la consolación de Israel. Este es uno de los títulos o funciones más sorprendentes que recibió Jesús, y que se atribuye así mismo; en el Sermón del Monte señalo que bienaventurados eran los que lloraban porque recibirían consolación (Mateo 5:4), haciendo referencia a su presencia en medio del pueblo.

En los escritos del AT el que era denominado el Consolador, o aquel quien traería la consolación a Israel era el mismo Dios actuando en momentos de crisis, sufrimiento y de luto (Isaías 51:12; 1 Corintios 1:3). Pero en estos versos, vemos que este título ahora es usado para designar al ungido del Señor, a Jesucristo. Aquí estamos frente a la misteriosa doctrina de la encarnación, en la que el Dios eterno, poderoso, y fuente de toda consolación, se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1:14). Con Jesucristo, Dios entro en la humanidad, vistiéndose de la vulnerabilidad humana de un bebe, en una familia pobre, autolimitandose para caminar como uno de nosotros, solidarizándose completamente con la humanidad, pero sin relación al pecado. Esta consolación ahora es ofrecida y efectuada desde nuestra realidad de sufrimiento y dolor, el Consolador paso peligro, hambre, luto, lloró, sufrió, fue tentado y murió, y desde esta total empatía con el hombre es quien ahora ofrece consolación haciendo “visible” a Dios.

Recordemos que vivían en una época muy difícil, oprimidos por el imperio Romano con la presencia frecuente de soldados por la ciudad, altos impuestos, la pobreza en aumento, la clase religiosa legalista y sectaria, sacerdotes de turno velando solo por sus intereses, necesitaban urgente la consolación de Dios. Esta era la esperanza de Simeón, a pesar de que solo vio al bebe Jesús y no lo vio en pleno ejercicio de su ministerio, consolando a las masas, ni muriendo y resucitando en poder. Su preocupación y esperanza era comunitaria y social. No tenía solo una fe piadosa individualista, privada y egoísta, que solo abarcaba su vida y su sufrimiento, sino que era consciente del sufrimiento del pueblo, conocía la realidad de muchos hogares de su tiempo, y se alegraba que por fin sus ojos verían a penas en pañales aquel que traería la consolación.

2 Corintios 1
3. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, padre misericordioso y Dios que siempre nos da consuelo. 4. Dios nos consuela en todos nuestros sufrimientos para que también, nosotros podamos consolar a quienes sufren, dándoles el mismo consuelo que recibimos de él. 5. Así como compartimos los enormes sufrimientos de Cristo, podemos compartir con otros el consuelo que él nos da.

Si nuestras vidas necesitan ser consoladas, en esta navidad debemos recordar que el Consolador ya llego, y es misericordioso con cada uno de nosotros, que hoy podemos recibir el consuelo que nuestra alma necesita. Pero si este consuelo ya ha llegado a nuestras vidas, ahora nos toca seguir los pasos de Jesucristo, y que el ministerio o servicio de la consolación debe formar parte de nuestra misión. No pensemos de la fe y esperanza en solo términos personales, en donde los únicos beneficiaros tenemos que ser nosotros, sino aprendamos de Simón, que al ver por fin el cumplimiento de la promesa que le habían hecho, pensó en una realidad más amplia que el mismo, su nación. ¿Nuestra familia, nuestro vecindario, nuestra sociedad, necesita ver el consuelo de Dios? Pongámonos en sus manos, para ser sus instrumentos, para ser sensibles a todos los encuentros con personas que el Espíritu Santo provoca en la cotidianidad, y que no nos damos cuenta.

Escrito por
Germán Casanova
Integrante de Diálogos de Esperanza

LA MISIÓN EN LA COTIDIANIDAD



Reflexiones sobre el Evangelio de la Infancia de Lucas 1-2

A quien no le ha pasado cosas inesperadas, no planificadas, durante un cumpleaños, un aniversario, un matrimonio, una cita, la cena de navidad. O a quienes nos ha pasado que, en momentos tensos en nuestra vida, paso algo sorpresivo, o personas que menos esperamos se nos acercara a dar un consejo, una ayuda, una oración, o un simple mensaje de texto. Creo que estos detalles y cosas inesperadas son las que más recordamos cuando volvemos a recordar estas historias.

Esto hace precisamente Lucas en el conocido Evangelio de la Infancia, nos cuenta lo inesperado de la historia del nacimiento de Jesús. Si es que esta historia hubiese estado en manos de un judío cualquiera para escribir como tendrían que haber sucedido la llegada del descendiente del gran Rey David, estuviéramos armando otras escenografías de “nacimientos” en estas épocas. 

(1) Incluye una historia de una pareja de ancianos que no pueden tener hijos, una vergüenza social para el sacerdote Zacarías, y una humillación para la estéril Elizabeth 
(2) Una jovencita, llamada Maria, que a punto de casarse, sale embarazada inesperadamente ¡Y no de su futuro esposo!, y aunque este hecho también lo narra el evangelista Mateo, Lucas lo narra desde la experiencia de la mujer, cuya historia poco importaba en una sociedad androcéntrica, que invisibilizaba a la mujer 
(3) la historia de un encuentro y una conversación cotidiana entre dos mujeres embarazadas. 
(4)  Se incluye historias de un nuevo matrimonio pobre muy criticado y juzgado, un viaje no planificado por el censo, un lugar donde no alojarse, un establo para guardar animales, y un niño acostado en un comedero de animales. 
(5) Una visita angelical en el lugar de trabajo de unos pastores humildes en medio de la noche, cuando menos se esperan visitas 
(6) Una historia de unos padres tratando de expresar su fe en la crianza de su hijo
(7) el canto de esperanza de un laico anciano, llamado Simeón 
(8) y el anuncio de Ana, una mujer cuatro veces marginada por ser mujer, anciana, viuda, y de una tribu no prestigiosa.

Lucas subrayo todas las cosas inesperadas de la primera navidad, mostrando como Dios se manifestó en la cotidianidad y simpleza de la vida de la humanidad, actuando soberanamente donde y cuando uno menos se lo imaginaba y en personas quienes menos se esperaba. Se manifestó a sacerdotes y laicos, matrimonios y viudas, estériles y embarazadas, hombres y mujeres, ancianos y bebes, y hasta en lugares inesperados como el campo, el trabajo, y el hogar. 

Déjeme aclarar algo, no es que Dios se presente simplemente de forma inesperada y controversial, sino que los judíos no esperaban recibir al Mesías de esta manera, con estas historias, y con estas personas. Lo inesperado se encontraba en sus prejuicios socio-culturales. De la misma manera, las barreras y muros socioeconómicos, de edad, de género, y de valor la hemos levantado nosotros, y estos pasajes sencillos desbaratan nuestros prejuicios hacia nosotros mismos y hacia nuestro prójimo. Seamos quien seamos, sin importar nuestra edad, género o vocación, estemos donde estemos, ya sea en el hogar, el trabajo, el estudio, o en la iglesia, Dios quiere manifestarse en la cotidianidad de nuestra vida, porque precisamente allí es donde somos instrumentos de su Reino.

Escrito por
Germán Casanova
Integrante de Diálogos de Esperanza

viernes, 20 de diciembre de 2019

LA FE DE UNOS PADRES


Lucas 2
21 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido. 22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor 23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor ,24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos.
Estos versos muestran la experiencia de unos recientes padres, María y José en dos escenas diferentes en dos épocas de la infancia de Jesús, la primera es a los ocho días de nacido, y la segunda a los cuarenta días de nacido.

La Circuncisión...

La ley estipulaba que a los ocho días de nacido cada niño judío debía ser circuncidado (Levítico 12:3), cuyo rito consistía en el corte del prepucio del genital masculino. Durante la ceremonia el que realizaba la circuncisión decía: “Bendito el Señor nuestro Dios, que nos ha santificado por sus preceptos y nos dio la circuncisión”. Entonces el padre del niño decía: “Quien nos ha santificado por sus preceptos, y nos permite introducir a nuestro niño en el pacto de Abrahám nuestro padre”.[1] Esta práctica se remontaba hacia la época de Abraham, y representaba un juramento externo, una señal de consagración y pertenencia al pacto que Dios había establecido con Abraham y su descendencia, caso contrario sería “cortado” del pueblo y puesto bajo maldición (Génesis 17). Pero, la circuncisión no tan solo representaba un rito físico para la distinción étnica, sino tenia un trasfondo religioso y espiritual. Pablo en Romanos, la pone como un “asunto del corazón, por el Espíritu” (Romanos 2:28-29), como una señal y sello “de la justicia por la fe” (Romanos 4:7). Era una confesión de fe dramatizada. Es por esta razón que encontramos tanto en el AT como el NT la denuncia sobre la incircuncisión de los circuncidados.

La Redención...

El segundo episodio se da cuando el tiempo de purificación de María había culminado. La ley también estipulaba (Levítico 12:1-3) que cada mujer que daba a luz un hijo quedaba impura por 7 siete días, relacionado a la pérdida de sangre, e iniciaba un proceso de purificación de 33 días para el caso de un hijo, y para el caso de una hija tanto el tiempo de impureza como el del proceso de purificación se duplicaban por razones no que explica la ley. Para poder ser considerada ceremonialmente pura, este proceso de purificación se completaba con un sacrificio en el templo como expiación de su pecado. En este sacrificio normalmente se ofrecían un cordero y una paloma, pero para los pobres se le daba la opción de poder ofrecer a dos pichones de paloma, el cual es el caso de esta familia de Nazareth. Es de esta manera que se restauraba a la comunidad religiosa y participar en las ceremonias religiosas, como la presentación de su recién nacido.

Lucas menciona un tercer rito que paso la familia de Nazareth, el de la consagración o redención del primogénito (Éxodo 13:2; Números 18:16). Esta práctica se remonta a la época de Moisés, en donde el Señor liberó al pueblo de la opresión de Egipto, recordemos que esta se dio por la ultima plaga de la muerte de los primogénitos. Desde entonces el Señor exigió la consagración de todo primogénito para su servicio, pero tomo a la tribu de Levi como representante, aun así, todo primogénito tenía que ser redimido de este servicio pagando 5 siclas al sacerdote, que son equivalente aproximadamente 3 denarios o 3 días de trabajo, para que los padres pudieran seguir teniendo a su hijo y como confesión que le pertenecía al Señor.

Lucas muestra al que trae el Nuevo Pacto siendo circuncidado por el Antiguo Pacto, y al Redentor siendo redimido, el cual realza la naturaleza humana de la encarnación. Y en este tiempo particular, a nuestro Señor, le toco ser un bebe criado por sus Padres. Con todos estos estos ritos que fue sometida voluntariamente esta familia, se evidencia una expresión de fe a Dios de los padres, preocupados por la crianza que debía tener su hijo. Esto solo era el inicio de toda una serie de lecciones que la ley demandaba a los padres, y que debía continuar en el entrenamiento en el conocimiento de Dios y sus leyes (Deuteronomio 4:9; 6:7). Esta pericopa termina indicando el éxito de su crianza y dedicación: “El niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios reposaba en él”.

Esto me hace recordar a Martin Lutero y sus exposiciones sobre el matrimonio, el hogar y el sacerdocio de todos los santos. Lutero rechazaba la idea de que ciertos estados de vida u ocupaciones, fueran religiosamente superiores o más espirituales que las ocupaciones seculares o la crianza de los hijos. Enfatizo mucho en la crianza como el centro de discipulado en el hogar: “Dios ha confiado al seno del matrimonio las almas concebidas en su propio cuerpo, en quienes se puede prodigar todo tipo de obras cristianas. Sin duda el padre y la madre son apóstoles, obispos, y sacerdotes para sus hijos, ya que son ellos quienes les hacen conoce el evangelio. En resumen, no hay autoridad más grande ni más noble en la tierra que aquella de los padres sobre sus hijos, ya que esta autoridad es tanto espiritual como secular”[2].

Una de las cosas que siempre me dice el Pastor Pedro Arana [3] es que nuestra misión comienza en el hogar, como Padres, Yessi y yo, somos responsables ante Dios por el desarrollo integral de la vida de Luquitas, y el próximo bebe. La crianza como desarrollo integral implica una preocupación por: satisfacer sus necesidades afectivas, su crecimiento y fortalecimiento físico, su educación para que se llene de sabiduría, y por su discipulado para que aprenda amar tanto a Dios como nosotros lo hacemos. Es importante recalcar dos cosas (1) que ambos padres tenemos la responsabilidad de la crianza de nuestros hijos, no solo es la tarea de la madre, el mandato del trabajo y la reproducción-crianza en Génesis 1 fue para ambos en iguales condiciones por ser hechos a la imagen de Dios. (2) Aunque en el colegio aprenden muchas cosas, y en la Escuela Biblia Familiar en la Iglesia aprendan de Dios, no olvidemos que la responsabilidad de crianza esta sobre nosotros los Padres, no podemos delegar todo el trabajo a otros, sino que debemos aprender a separar tiempo, para no tan solo estar pasivamente presentes, sino comprometidos e involucrados en su desarrollo integral.

Escrito por: 
Germán Casanova 
Integrante de Diálogos de Esperanza




[1] Fred Wight. Usos y Costumbres de las Tierras Bíblicas. 113p.
[2] Luther Works. Tomo 45. Pagina 46.
[3] De la Iglesia Presbiteriana de Pueblo Libre, Lima, Perú.

lunes, 14 de octubre de 2019

EL MANIFIESTO DE NAZARET




Reflexiones sobre Lucas 4:16-21 / Isaias 61

Lucas 4
16 Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, y en el día de reposo entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se levantó a leer las Escrituras. 17 Se le dio el libro del profeta Isaías, y al abrirlo encontró el texto que dice: 18  «El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido para proclamar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos 19 y a proclamar el año de la buena voluntad del Señor.» 20 Enrolló luego el libro, se lo dio al asistente, y se sentó. Todos en la sinagoga lo miraban fijamente. 21 Entonces él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes.»

Esta pericopa es conocida como el Manifiesto de Nazaret o el Manifiesto Mesiánico, en donde Jesús, en un día de reposo (sábado), en la sinagoga de la ciudad de Nazaret, lee Isaías 61 y lo toma como fundamento bíblico, espiritual y teológico para describir su misión.

El pasaje que lee se encuentra parcialmente en Isaías 61:1-3, considerado como un cántico o un poema de esperanza, en donde se vislumbra la idea de una intervención divina y poderosa en la época postexilica de la historia de Israel, cuando los deportados en babilonia estaban regresando a la ciudad, después de un largo periodo de estar en cautiverio, a una ciudad y templo destruidos, pero en proyecto de reconstrucción[1].

Al analizar estos versículos en el contexto de Tritoisaias (Isaías 55-66), se observa que funcionan como un tipo de relato de vocación y misión. La persona que se alude en estos versos ha sido escogida y ungida por Dios para que proclame salvación y liberación. El mensaje proclamado (note todas las veces que parece) juega un papel importante dentro de su misión, pero a la vez es el Ungido que hace posible la liberación mediante la implementación de la justicia de Dios, veamos como termina el capítulo. 

Isaias 61
Yo, el Señor, amo la justicia y aborrezco el robo y la maldad; así que afirmaré en verdad sus obras y haré con ellos un pacto perpetuo. Sus hijos y descendientes serán conocidos entre las naciones y en medio de los pueblos; todos los que los vean reconocerán que son el linaje bendito del Señor. 10 Yo me regocijaré grandemente en el Señor; mi alma se alegrará en mi Dios. Porque él me revistió de salvación; me rodeó con un manto de justicia; ¡me atavió como a un novio!, ¡me adornó con joyas, como a una novia! 11 Así como la tierra produce sus renuevos, y así como el huerto hace que brote su semilla, así Dios el Señor hará brotar la justicia y la alabanza a los ojos de todas las naciones.

Jesus toma este texto de Isaias y contextualiza la Unción del Espíritu Santo a su entorno histórico, religioso, político y social[2], y siguiendo la tradición misionera del Ungido del Señor de Isaías, enseña sobre el carácter de su mensaje y acción dentro de su misión.

Tanto la proclamación, la salvación, la restauración, y la implementación de la justicia divina están entrelazados en la misión que encontramos Isaías. Notemos que la proclamación de las buenas noticias, estaba acompañado con el vendar a los quebrantados, con la liberación de los cautivos y prisioneros, y con la consolación de los tristes y afligidos. El clímax de la proclamación del Ungido está en el anuncio de “el año de la buena voluntad del Señor”. Este es una figura que hace referencia al año de Jubileo (Levítico 25:10). El año de jubileo fue un mandamiento que Dios le entrego a la Israel al salir del Éxodo, en la que cada 50 años se debía proclamar la libertad a los israelitas que habían sido esclavizados por las deudas, y una restauración de las tierras a familias que se habían visto obligadas a venderlas debido a necesidades. La idea principal del jubileo era la de libertad, restauración y de deudas pagadas. Lo curioso, es que no existe ninguna narración o registro sobre el cumplimiento del jubileo en Israel. “Esta negligencia ocurrió no tanto debido a que el jubileo fuera económicamente imposible, sino que se volvió inoperante dada la escala de desintegración social[3]. De esta manera los conceptos de libertad y restauración fueron dos componentes simbólicos de la era mesiánica.

Inmediatamente después leer el pasaje en Isaías, Jesús enrolla el libro, se lo dio al asistente y se sentó. Esto no quiere decir que ya había terminado, sino todo lo contrario, que lo siguiente a decir era algo pensado y reflexionado, el sentarse era el típico gesto que hacían los rabinos como indicadores que se iniciaría una enseñanza muy importante, y dice lo siguiente: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes”

Con estas palabras Jesús entiende y proclama su misión, con la instauración de aquella era mesiánica de salvación, restauración y e implementación de justicia.  Era un mensaje para “hoy”, su realidad inmediata, en el “ahora”, en el sufrimiento, pobreza y opresión que el pueblo estaba experimentando. Un mensaje de esperanza que “hoy” el mal por fin es vencido, y que “hoy” es el inicio de una nueva realidad de vida, a que llama el Reino de Dios. Notemos que Jesucristo, en misión, se enfocaba tanto en lo espiritual como en lo material, no hablaba en términos abstractos e ideas teóricas, sino en términos específicos y concretos desde la vulnerabilidad de lo humano. En su mensaje no había dicotomías, encontró a la humanidad en necesidad, y proclamo y proveyó integralmente para su salvación.

La proclamación de salvación, liberación y restauración tenían un carácter político y social, no se disparaba al “más allá”, sino oraba “venga tu Reino” aquí a nuestra tierra, a nuestra realidad, a nuestra familia, a nuestra sociedad. Todas las acciones milagrosas y sobrenaturales eran señales de la llegada de aquel Reino, del año de la buena voluntad en la historia de la humanidad, mostrando el sentido de la vida, dignificando a los invisibles, vendando a los quebrantados, devolviendo el control de sus vidas a los indeseados, y sobre todo enseñándonos el verdadero amor a Dios y al prójimo.

El Señor nos ha mandado a proclamar su evangelio de forma integral, debemos ser sensibles y compasivos con las necesidades de las personas que nos rodean, amar y servir al prójimo de forma incondicional, a tener programas que busquen liberar, restaurar, reconciliar, defender al vulnerable y a los que no tienen voz. A denunciar toda clase de injusticias, opresiones, y violencias. Nuestra misión no debe estar confinada a las paredes de la iglesia solamente, sino que está ahí afuera. Debemos tener conciencia que donde estemos, siempre estamos en misión, en nuestros hogares, en nuestros trabajos, y en el ejercicio de nuestra ciudadanía. Con este mensaje, Jesucristo nos invita a seguir sus pasos, y que nuestras palabras se conviertan en acciones, nuestra predicación en servicio, y nuestro anuncio evangelístico a denuncia profética. No seamos indiferentes con nuestro prójimo, no nos centrémoslo en nosotros mismos, alcemos la mirada y veamos lo que ocurre en nuestro entorno, y lo mucho que se necesita a Cristo.  

John Stott comenta: “Si la misión cristiana ha de tener la misión de Cristo por modelo, seguramente implicará que nosotros debemos entrar en el mundo de los demás tal como lo hizo Cristo. En la evangelización, implicará ingresar en el mundo de su pensamiento, su tragedia y su desorientación, con el fin de llevarles a Cristo allí adonde se encuentren”[4].


Escrito por: 
Germán Casanova Villajuan
Integrante de Diálogos de Esperanza


[1] Samuel Pagan. Enseñando por Parábolas. 107p.
[2] Samuel Pagan. Enseñaba por Parábolas. 106p.
[3] Cristopher Wright. La Misión de Dios. 393p.
[4] John Stott. La Fe Cristiana Frente a los Desafíos Contemporáneos. 46p.







miércoles, 4 de septiembre de 2019

ASPECTO SOCIAL DE LA ORACION




Reflexiones sobre el Padrenuestro (Lucas 11:1-13)

Es evidente el carácter comunitario que tiene la oración del Padrenuestro. La segunda parte de ella, que trata sobre nuestras necesidades y debilidades, está en forma de tercera persona plural: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación.”. Damos gracias a Dios, que nos da un espacio para poder reconocer y expresar nuestras necesidades, pero lo que a veces nos olvidamos es que, este espacio es para pedir por las necesidades y debilidades de nuestro prójimo. La oración no se debe centralizar en nosotros mismos, sino que es una expresión siempre comunitaria, aunque estemos en privado.

Jesús amplia esta idea de petición por el prójimo en la metáfora del amigo que toca inoportunamente a otro amigo por pan, el pan no era para él mismo, sino para compartirlo con él amigo que llegaba de viaje. Su preocupación no era precisamente su necesidad, sino la del prójimo. ¿Cómo podemos orar por el prójimo? En el Boletín de la Iglesia que asisto de esta mañana en la sección de la oración comunitaria, nos invitaba a orar: “cuando pidamos por el pan nuestro de cada día, no solo sea por el nuestro, sino también por el de los demás, que carecen de los beneficios que nuestra sociedad ofrece”[1]. Note esta última frase, "sociedad ofrece“, lamentablemente no "llueve maná para todos por igual", existe tremendas brechas de desigualdad y pobreza en Latinoamerica. Los reformadores también comenzaron a notar estas desigualdades en su tiempo, así que comenzaron a dar un sentido social a esta petición. "Danos el pan de cada día" implicaba tener una economía floreciente para todos, empleo, oportunidades, y una sociedad justa. De esta manera, en los países donde la reforma se implementada, los índices de pobreza bajaban, se dignificaba todo tipo de trabajo, y se promovía la educación, muchos lo han interpretado como el florecimiento de la civilizaciones modernas. Sin embargo, luego de centenares de años, tenemos que seguir orando por el pan de nuestro prójimo, por la eliminacion de explotación abusiva en los negocios, la falta de reconocimiento del trabajo, el mercantilismo opresor, y la corrupción a todo nivel, que roba el beneficio común para enriquecer algunos pocos, y todas aquellas cosas que privan o dificultan el alcance del pan diario al prójimo. 

De la misma manera, la petición del perdón de los pecados se convierte en una experiencia comunitaria al ser invitados a perdonar a nuestro prójimo, como principio de justicia. Los hombres creamos barreras entre nosotros, entre nuestros amigos y familia, por falta de perdón mucha gente se aleja, se aísla, o vive airada, la falta de perdón nos separa y nos carcome poco a poco. Es por eso que Jesús lo pone en un plano divino, nuestra experiencia con el perdón al prójimo se ve reflejada en la experiencia que tenemos con Dios. Así como el caso anterior, la oración elevada se convierte en peticiones de protesta contra con todo lo impide o dificulte el perdón, las peleas, la violencia que es latente en latinoamerica, divisiones, discriminaciones, e insultos a nivel familiar, eclesial y hasta social.

Es por estas razones que llamé a esta sección, el aspecto social de la oración porque es tanto una oración personal y comunitaria, pero ve más allá de sus fronteras. Esto se refleja aún más cuando reflexionamos sobre “venga tu reino”, porque no hay nada más social y hasta político que implique el Reino de Dios[2]. Jesús habla del Reino en términos de la acción poderosa y soberana que Dios hace en la tierra, en este sentido los milagros representaron señales del Reino, de una vida cualitativamente diferente a lo que esta sociedad estaba acostumbrada, y de esta manera su vida y obra eran aquella inauguración de esa nueva realidad humana-sociedad, recordar que el clímax del Reino es nueva humanidad resucitada que habíta en una nueva tierra redimida. 

Es por esta razón que, "Venga tu Reino", en realidad no es un lugar donde vamos, no escapa ni niega la realidad presente caída en la que vivimos. El Reino es algo que viene a nuestra tierra, a nuestra sociedad, es algo que irrumpe en las costumbres y formas injustas y corruptas de esta vida y de lo que conocemos, para transformarlas y transformarnos. Es en este sentido que Dietrich Bonhofer señala:

“Quien huye del mundo no encuentra a Dios. Sólo encuentra otro mundo, el suyo, mejor, más bello y más apacible, un «trasmundo», pero nunca el mundo de Dios que irrumpe en éste. El que huye de la tierra para encontrar a Dios, sólo se encuentra a sí mismo… Cuando oramos por la venida del reino sólo podemos hacerlo como los que se hallan por completo en la tierra. No puede orar por el reino quien se arranca de la miseria propia y ajena, ni quien, en el aislamiento y soledad de las horas piadosas, vive para lo «sólo-santo». Puede haber horas en que la iglesia soporte también esto; nosotros no podemos…. Las circunstancias en que hoy oramos por el reino de Dios nos impelen a la más honda solidaridad con el mundo, estando con dientes encajados y puño apretado; nos impelen no a un «sólo-santo» murmurado en la soledad, sino a un grito comunitario: «pase este mundo que nos ha encadenado en la necesidad, y venga a nosotros tu reino».”

Entonces, venga tu reino se vuelve en una oración de aceptación de la soberanía y señorío de Dios sobre todos los aspectos de la vida, lo cual implica un clamor de protesta contra tanto desastre que hay en la sociedad, anhelando la vida de justicia, amor y paz del Reino de Dios. Una oración que anhele venga tu reino, es el grito desesperado de ver tantas injusticias, tanta muerte y violencia, tanta corrupción, tanto desinterés e indiferencia por los índices altos de pobreza, contaminación, destrucción de lo natural. Venga tu Reino se vuelve una oración profética, donde mirando la realidad nos dirigimos a Dios a buscar por su Reino y justicia. 

Escrito por: 
Germán Casanova Villajuan
Integrante de Diálogos de Esperanza



[1] Boletin N°35 del 01/09/2019 de la Iglesia Presbiteriana de Pueblo Libre
[2] Lucas 6:20 “Reino de Dios les pertenece a los pobres”, 7:28 “los más pequeños como los mayores en el reino de Dios”; 8:10 “a los discípulos se les concede conocer los misterios del reino de Dios”; 9:2 “a los discípulos los envió a predicar el reino de Dios y sanar enfermos”; 9:11 “Jesús habla del reino de Dios, sanaba, alimentaba a 5 mil”; 9:27 “profetiza que algunos de sus discípulos no morirán hasta que vean el Reino de Dios”; 9:60 “anuncio del Reino al joven que quiere enterrar a su padre”; 9:62 “aptitud para el reino de Dios”; 10:9-11 “en la misión de los 72 al sanar a los enfermos tenían que decir que el reino de Dios se ha acercado”, 11:20 “el expulsar los demonios el reino de Dios se ha acercado”.

LA ORACIÓN DESDE LA NIÑEZ


Reflexiones sobre el Padrenuestro (Lucas 11:1-13)

Jesús enseña a sus discípulos y a todos nosotros que podemos acercarnos a Dios como a Padre. Un dato importante a considerar aquí, que resalta el Dr. Joachim Jeremias, quien estudió varias oraciones de los judíos y los rabinos de la época, es que ésta fue una forma novedosa de referirse a Dios, se prefería títulos más elocuentes como “Señor Soberano”, “Rey del Universo”, etc. Jesús, en cambio, lo llama Abba (Marcos 14:16; Romanos 8:15; Gálatas 4:6), que es el equivalente de Padre en arameo, pero expresado desde la voz tierna de los niños para dirigirse a sus padres[1], una palabra que nos traslada de la formalidad a la intimidad y a lo personal para dirigirse a Dios; esto fue sumamente escandaloso para los líderes religiosos de la época.

Note que la segunda metáfora que Jesús usa es sobre un niño pidiendo un “pan con pejerrey arrebozado” (pan, pescado y huevo) a su Padre. Jesús está enseñando a acercarnos a Dios como Padre reforzando la idea del Psdrenuestro, pero lo que creo que a veces se nos escapa en este punto, es que también nos está enseñando a acercarnos como niños, desde la perspectiva de la niñez, de tal forma que el Padrenuestro se convierte en “la súplica de un niño al corazón de su Padre”[2].

Este énfasis en la niñez es percibida de forma especial en la teología lucana, recordemos que es el único que se toma el tiempo en investigar y registrar algunos hechos y dichos al rededor del nacimiento de Jesucristo y un episodio en su niñez cuando fue al templo. Lo curioso a ese episodio es que desde aquella niñez, Jesús ya se refería a Dios como Padre (2:49), la cual refuerza la idea que estamos plantando, la relación Padre - Niño/ Hijo. 

En aquel tiempo a los niños se les consideraba insignificantes, sin valor ni utilidad social, como personas incompletas, desplazados. En una sociedad adulto-céntrica, hacerse niño era algo impensable, pero es precisamente a quienes Jesús los tomó como paradigma para los que iban a pertenecer al Reino, para sus seguidores, y como ejemplo para el encuentro en la oración.

Lucas 10
21 En ese momento Jesús se regocijó en el Espíritu Santo, y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque estas cosas las escondiste de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. ¡Sí, Padre, porque así te agradó!

Lucas 18
15 La gente llevaba los niños a Jesús, para que él los tocara. Cuando los discípulos vieron esto, los reprendieron; 16 pero Jesús los llamó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí. No se lo impidan, porque el reino de los cielos es de los que son como ellos. 17 De cierto les digo: el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»

No es muy difícil imaginarnos porque se toma al niño como modelo, veo a mi hijo Lucas, él se levanta siempre con la expectativa de que su madre esté su lado, es lo primero busca en la mañana, no agarra el celular, ni piensa en el trabajo, ni en el sermón que tiene que predicar, solo el calor de mamá, no se preocupa por lo que va a vestir ni por lo que va a comer, sabe que cada vez que tiene hambre o frió, su mamá y papá estarán ahí. Lo veo gateando por aquí y por allá, agarrando todo, pintando todo, desordenando todo, cayéndose, llorando y a los segundos riendo, no se preocupa si su ropa se mancha, o ensucia, o moje, no tiene vergüenza de presentarse ante los demás tal como es. No tiene prejuicios, ni discrimina, acepta todo lo que sus padres dispongan de él, hasta ridículos gorros abrigadores, disfraz de winnie poh, y comidas con muy poca sal y azúcar. Juan Arias agrega a este comentario que “para el niño es normal que su padre haga milagros, que sea el más poderoso, el mejor. Le parece normal ser corregido, enseñado; jamás podrá soñar que su padre se equivoque, aunque le digan cosas que le resulten misteriosas. Hará preguntas, pero terminará creyendo”.[3]  

La oración desde la niñez, nos guía no tan solo a aventarnos a los brazos de nuestro Padre, sino a encontrarnos y a ser sinceros con nosotros mismos. Es en el territorio de los niños donde no hay pretensiones de grandeza, de soberbia, ni de exigencia. Donde se desplaza nuestra mente adulta de querer tener todo controlado, previsto, estructurado, ordenado, y con miles preocupaciones. Dios sabe que tenemos necesidad, no podemos ocultarle nada, así que acerquémonos como niños, reconociendo que somos vulnerables, frágiles, sensibles, que fallamos y pecamos mucho, que no somos tan fuerte como proyectamos que somos, que no sabemos todo, y que a veces hasta dudamos. Nuestro Dios se ha mostrado como un padre afectivo, amoroso, que busca lo bueno y lo mejor para sus hijos, tal como lo dice la metáfora.




[1] Donald Carson. El Sermón del Monte.
[2] Dietrich Bonhofer. El Precio de la Gracia. 113p.
[3] Juan Arias citado por Edesio Sanchez. Seamos como Niños. 57p.

Escrito por:
Germán Casanova Villajuan
Integrante del Equipo Diálogos de Esperanza

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