lunes, 14 de octubre de 2019

EL MANIFIESTO DE NAZARET




Reflexiones sobre Lucas 4:16-21 / Isaias 61

Lucas 4
16 Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, y en el día de reposo entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se levantó a leer las Escrituras. 17 Se le dio el libro del profeta Isaías, y al abrirlo encontró el texto que dice: 18  «El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido para proclamar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos 19 y a proclamar el año de la buena voluntad del Señor.» 20 Enrolló luego el libro, se lo dio al asistente, y se sentó. Todos en la sinagoga lo miraban fijamente. 21 Entonces él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes.»

Esta pericopa es conocida como el Manifiesto de Nazaret o el Manifiesto Mesiánico, en donde Jesús, en un día de reposo (sábado), en la sinagoga de la ciudad de Nazaret, lee Isaías 61 y lo toma como fundamento bíblico, espiritual y teológico para describir su misión.

El pasaje que lee se encuentra parcialmente en Isaías 61:1-3, considerado como un cántico o un poema de esperanza, en donde se vislumbra la idea de una intervención divina y poderosa en la época postexilica de la historia de Israel, cuando los deportados en babilonia estaban regresando a la ciudad, después de un largo periodo de estar en cautiverio, a una ciudad y templo destruidos, pero en proyecto de reconstrucción[1].

Al analizar estos versículos en el contexto de Tritoisaias (Isaías 55-66), se observa que funcionan como un tipo de relato de vocación y misión. La persona que se alude en estos versos ha sido escogida y ungida por Dios para que proclame salvación y liberación. El mensaje proclamado (note todas las veces que parece) juega un papel importante dentro de su misión, pero a la vez es el Ungido que hace posible la liberación mediante la implementación de la justicia de Dios, veamos como termina el capítulo. 

Isaias 61
Yo, el Señor, amo la justicia y aborrezco el robo y la maldad; así que afirmaré en verdad sus obras y haré con ellos un pacto perpetuo. Sus hijos y descendientes serán conocidos entre las naciones y en medio de los pueblos; todos los que los vean reconocerán que son el linaje bendito del Señor. 10 Yo me regocijaré grandemente en el Señor; mi alma se alegrará en mi Dios. Porque él me revistió de salvación; me rodeó con un manto de justicia; ¡me atavió como a un novio!, ¡me adornó con joyas, como a una novia! 11 Así como la tierra produce sus renuevos, y así como el huerto hace que brote su semilla, así Dios el Señor hará brotar la justicia y la alabanza a los ojos de todas las naciones.

Jesus toma este texto de Isaias y contextualiza la Unción del Espíritu Santo a su entorno histórico, religioso, político y social[2], y siguiendo la tradición misionera del Ungido del Señor de Isaías, enseña sobre el carácter de su mensaje y acción dentro de su misión.

Tanto la proclamación, la salvación, la restauración, y la implementación de la justicia divina están entrelazados en la misión que encontramos Isaías. Notemos que la proclamación de las buenas noticias, estaba acompañado con el vendar a los quebrantados, con la liberación de los cautivos y prisioneros, y con la consolación de los tristes y afligidos. El clímax de la proclamación del Ungido está en el anuncio de “el año de la buena voluntad del Señor”. Este es una figura que hace referencia al año de Jubileo (Levítico 25:10). El año de jubileo fue un mandamiento que Dios le entrego a la Israel al salir del Éxodo, en la que cada 50 años se debía proclamar la libertad a los israelitas que habían sido esclavizados por las deudas, y una restauración de las tierras a familias que se habían visto obligadas a venderlas debido a necesidades. La idea principal del jubileo era la de libertad, restauración y de deudas pagadas. Lo curioso, es que no existe ninguna narración o registro sobre el cumplimiento del jubileo en Israel. “Esta negligencia ocurrió no tanto debido a que el jubileo fuera económicamente imposible, sino que se volvió inoperante dada la escala de desintegración social[3]. De esta manera los conceptos de libertad y restauración fueron dos componentes simbólicos de la era mesiánica.

Inmediatamente después leer el pasaje en Isaías, Jesús enrolla el libro, se lo dio al asistente y se sentó. Esto no quiere decir que ya había terminado, sino todo lo contrario, que lo siguiente a decir era algo pensado y reflexionado, el sentarse era el típico gesto que hacían los rabinos como indicadores que se iniciaría una enseñanza muy importante, y dice lo siguiente: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes”

Con estas palabras Jesús entiende y proclama su misión, con la instauración de aquella era mesiánica de salvación, restauración y e implementación de justicia.  Era un mensaje para “hoy”, su realidad inmediata, en el “ahora”, en el sufrimiento, pobreza y opresión que el pueblo estaba experimentando. Un mensaje de esperanza que “hoy” el mal por fin es vencido, y que “hoy” es el inicio de una nueva realidad de vida, a que llama el Reino de Dios. Notemos que Jesucristo, en misión, se enfocaba tanto en lo espiritual como en lo material, no hablaba en términos abstractos e ideas teóricas, sino en términos específicos y concretos desde la vulnerabilidad de lo humano. En su mensaje no había dicotomías, encontró a la humanidad en necesidad, y proclamo y proveyó integralmente para su salvación.

La proclamación de salvación, liberación y restauración tenían un carácter político y social, no se disparaba al “más allá”, sino oraba “venga tu Reino” aquí a nuestra tierra, a nuestra realidad, a nuestra familia, a nuestra sociedad. Todas las acciones milagrosas y sobrenaturales eran señales de la llegada de aquel Reino, del año de la buena voluntad en la historia de la humanidad, mostrando el sentido de la vida, dignificando a los invisibles, vendando a los quebrantados, devolviendo el control de sus vidas a los indeseados, y sobre todo enseñándonos el verdadero amor a Dios y al prójimo.

El Señor nos ha mandado a proclamar su evangelio de forma integral, debemos ser sensibles y compasivos con las necesidades de las personas que nos rodean, amar y servir al prójimo de forma incondicional, a tener programas que busquen liberar, restaurar, reconciliar, defender al vulnerable y a los que no tienen voz. A denunciar toda clase de injusticias, opresiones, y violencias. Nuestra misión no debe estar confinada a las paredes de la iglesia solamente, sino que está ahí afuera. Debemos tener conciencia que donde estemos, siempre estamos en misión, en nuestros hogares, en nuestros trabajos, y en el ejercicio de nuestra ciudadanía. Con este mensaje, Jesucristo nos invita a seguir sus pasos, y que nuestras palabras se conviertan en acciones, nuestra predicación en servicio, y nuestro anuncio evangelístico a denuncia profética. No seamos indiferentes con nuestro prójimo, no nos centrémoslo en nosotros mismos, alcemos la mirada y veamos lo que ocurre en nuestro entorno, y lo mucho que se necesita a Cristo.  

John Stott comenta: “Si la misión cristiana ha de tener la misión de Cristo por modelo, seguramente implicará que nosotros debemos entrar en el mundo de los demás tal como lo hizo Cristo. En la evangelización, implicará ingresar en el mundo de su pensamiento, su tragedia y su desorientación, con el fin de llevarles a Cristo allí adonde se encuentren”[4].


Escrito por: 
Germán Casanova Villajuan
Integrante de Diálogos de Esperanza


[1] Samuel Pagan. Enseñando por Parábolas. 107p.
[2] Samuel Pagan. Enseñaba por Parábolas. 106p.
[3] Cristopher Wright. La Misión de Dios. 393p.
[4] John Stott. La Fe Cristiana Frente a los Desafíos Contemporáneos. 46p.







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