lunes, 23 de diciembre de 2019

EL NUNC DIMITTIS


Reflexiones sobre Simón y el bebe Jesús de Lucas 2:21-40 (Parte II)

Lucas 2
25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. 27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:

29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; 30 Porque han visto mis ojos tu salvación, 31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 32 Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel. 

Recuerdo mucho cuando Luquitas, mi hijo, recién había nacido. Tenía miedo cargarlo, lo veía frágil y pensaba que se me caería o lo rompería si lo presiono muy fuerte. Simeón cargo al bebe de un mes y medio, y ante él estaba un niño frágil, muy pequeño, probablemente dormido, o abriendo los ojos con dificultad, y es en estas circunstancias que sus labios pregonaron el cuarto cantico que encontramos en Lucas, el Nunc Dimittis , que al igual que los canticos anteriores sus títulos provienen de las primeras palabras del cantico de la versión latina de la Biblia “Ahora, despides”.

Es sorpréndete que, aunque ante Simón estaba un frágil bebe, el vio mucho más que aquello: (1) Vio la Soberanía de Dios actuando “Ahora, Señor”; (2) vio la Fidelidad de Dios “como lo prometiste”; (3) sus ojos habían visto a Salvación de todos los pueblos, al Salvador; (4) y la luz que alumbraría a todas las naciones, ¡hasta los gentiles!  Vio que la Consolación de Israel seria la Consolación de la Humanidad, sin restricciones ni discriminaciones por absurdos prejuicios, sino que iba a estar al alcance para todo tipo de personas que también querían depositar su fe en él y seguirlo.

Esta visión de Simeón de Jesús, me recuerda a lo que plantea Juan A. Mackay en su libro el Otro Cristo Español, de como una visión o imagen de Cristo reducida tiene profundas consecuencias no tan solo a nivel teológico sino en la vida misma. Mackay plantea que mucha de la Cristología Latinoamérica popular se ha quedado con dos imágenes de Cristo, su niñez y su muerte. Una causa ternura y la otra lastima: “Ni se concibe ni se experimenta Su señorío soberano sobre todos los detalles de la existencia, Rey Salvador que se interesa profundamente en nosotros y a quien podemos traer nuestras tristezas y perplejidades. Ha sucedido algo sumamente extraordinario. Cristo ha perdido prestigio como alguien capaz de ayudar en los asuntos de la vida”[1].

¿Qué imagen de Cristo tenemos nosotros? ¿Qué concepto tenemos de él? Simeón, vio más allá del niño Jesús, su imagen era la de un Salvador, su Salvador, y fundamento de su esperanza y paz. ¿Dónde esta nuestra esperanza y paz en estas épocas?, muchas veces quedamos enredados en el consumismo compulsivo, nos preocupamos más en los regalos, en la cena, o por la falta de regalos o falta de cena, no se tiene paz ni esperanza, porque en estas fechas pensamos en todo menos en Cristo encarnado, vivo, muerto, y resucitado que ha ingresado en la historia de la humanidad, nuestra historia.  De esto trata la Navidad, es una invitación a mirar a Cristo.




[1] Juan A. Mackay. El Otro Cristo Español, 162p.

LA CONSOLACIÓN SE HA HECHO CARNE


Reflexiones sobre Simón y el bebe Jesús de Lucas 2:21-40 (Parte I)


Lucas 2
25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. 27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:

29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; 30 Porque han visto mis ojos tu salvación, 31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; 32 Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel. 

Estando en el templo la familia de Nazareth, Lucas introduce en escena a Simeón, y lo describe como un hombre justo y piadoso, que el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin antes ver al ungido del Señor, la consolación de Israel. Este es uno de los títulos o funciones más sorprendentes que recibió Jesús, y que se atribuye así mismo; en el Sermón del Monte señalo que bienaventurados eran los que lloraban porque recibirían consolación (Mateo 5:4), haciendo referencia a su presencia en medio del pueblo.

En los escritos del AT el que era denominado el Consolador, o aquel quien traería la consolación a Israel era el mismo Dios actuando en momentos de crisis, sufrimiento y de luto (Isaías 51:12; 1 Corintios 1:3). Pero en estos versos, vemos que este título ahora es usado para designar al ungido del Señor, a Jesucristo. Aquí estamos frente a la misteriosa doctrina de la encarnación, en la que el Dios eterno, poderoso, y fuente de toda consolación, se hizo carne y habito entre nosotros (Juan 1:14). Con Jesucristo, Dios entro en la humanidad, vistiéndose de la vulnerabilidad humana de un bebe, en una familia pobre, autolimitandose para caminar como uno de nosotros, solidarizándose completamente con la humanidad, pero sin relación al pecado. Esta consolación ahora es ofrecida y efectuada desde nuestra realidad de sufrimiento y dolor, el Consolador paso peligro, hambre, luto, lloró, sufrió, fue tentado y murió, y desde esta total empatía con el hombre es quien ahora ofrece consolación haciendo “visible” a Dios.

Recordemos que vivían en una época muy difícil, oprimidos por el imperio Romano con la presencia frecuente de soldados por la ciudad, altos impuestos, la pobreza en aumento, la clase religiosa legalista y sectaria, sacerdotes de turno velando solo por sus intereses, necesitaban urgente la consolación de Dios. Esta era la esperanza de Simeón, a pesar de que solo vio al bebe Jesús y no lo vio en pleno ejercicio de su ministerio, consolando a las masas, ni muriendo y resucitando en poder. Su preocupación y esperanza era comunitaria y social. No tenía solo una fe piadosa individualista, privada y egoísta, que solo abarcaba su vida y su sufrimiento, sino que era consciente del sufrimiento del pueblo, conocía la realidad de muchos hogares de su tiempo, y se alegraba que por fin sus ojos verían a penas en pañales aquel que traería la consolación.

2 Corintios 1
3. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, padre misericordioso y Dios que siempre nos da consuelo. 4. Dios nos consuela en todos nuestros sufrimientos para que también, nosotros podamos consolar a quienes sufren, dándoles el mismo consuelo que recibimos de él. 5. Así como compartimos los enormes sufrimientos de Cristo, podemos compartir con otros el consuelo que él nos da.

Si nuestras vidas necesitan ser consoladas, en esta navidad debemos recordar que el Consolador ya llego, y es misericordioso con cada uno de nosotros, que hoy podemos recibir el consuelo que nuestra alma necesita. Pero si este consuelo ya ha llegado a nuestras vidas, ahora nos toca seguir los pasos de Jesucristo, y que el ministerio o servicio de la consolación debe formar parte de nuestra misión. No pensemos de la fe y esperanza en solo términos personales, en donde los únicos beneficiaros tenemos que ser nosotros, sino aprendamos de Simón, que al ver por fin el cumplimiento de la promesa que le habían hecho, pensó en una realidad más amplia que el mismo, su nación. ¿Nuestra familia, nuestro vecindario, nuestra sociedad, necesita ver el consuelo de Dios? Pongámonos en sus manos, para ser sus instrumentos, para ser sensibles a todos los encuentros con personas que el Espíritu Santo provoca en la cotidianidad, y que no nos damos cuenta.

Escrito por
Germán Casanova
Integrante de Diálogos de Esperanza

LA MISIÓN EN LA COTIDIANIDAD



Reflexiones sobre el Evangelio de la Infancia de Lucas 1-2

A quien no le ha pasado cosas inesperadas, no planificadas, durante un cumpleaños, un aniversario, un matrimonio, una cita, la cena de navidad. O a quienes nos ha pasado que, en momentos tensos en nuestra vida, paso algo sorpresivo, o personas que menos esperamos se nos acercara a dar un consejo, una ayuda, una oración, o un simple mensaje de texto. Creo que estos detalles y cosas inesperadas son las que más recordamos cuando volvemos a recordar estas historias.

Esto hace precisamente Lucas en el conocido Evangelio de la Infancia, nos cuenta lo inesperado de la historia del nacimiento de Jesús. Si es que esta historia hubiese estado en manos de un judío cualquiera para escribir como tendrían que haber sucedido la llegada del descendiente del gran Rey David, estuviéramos armando otras escenografías de “nacimientos” en estas épocas. 

(1) Incluye una historia de una pareja de ancianos que no pueden tener hijos, una vergüenza social para el sacerdote Zacarías, y una humillación para la estéril Elizabeth 
(2) Una jovencita, llamada Maria, que a punto de casarse, sale embarazada inesperadamente ¡Y no de su futuro esposo!, y aunque este hecho también lo narra el evangelista Mateo, Lucas lo narra desde la experiencia de la mujer, cuya historia poco importaba en una sociedad androcéntrica, que invisibilizaba a la mujer 
(3) la historia de un encuentro y una conversación cotidiana entre dos mujeres embarazadas. 
(4)  Se incluye historias de un nuevo matrimonio pobre muy criticado y juzgado, un viaje no planificado por el censo, un lugar donde no alojarse, un establo para guardar animales, y un niño acostado en un comedero de animales. 
(5) Una visita angelical en el lugar de trabajo de unos pastores humildes en medio de la noche, cuando menos se esperan visitas 
(6) Una historia de unos padres tratando de expresar su fe en la crianza de su hijo
(7) el canto de esperanza de un laico anciano, llamado Simeón 
(8) y el anuncio de Ana, una mujer cuatro veces marginada por ser mujer, anciana, viuda, y de una tribu no prestigiosa.

Lucas subrayo todas las cosas inesperadas de la primera navidad, mostrando como Dios se manifestó en la cotidianidad y simpleza de la vida de la humanidad, actuando soberanamente donde y cuando uno menos se lo imaginaba y en personas quienes menos se esperaba. Se manifestó a sacerdotes y laicos, matrimonios y viudas, estériles y embarazadas, hombres y mujeres, ancianos y bebes, y hasta en lugares inesperados como el campo, el trabajo, y el hogar. 

Déjeme aclarar algo, no es que Dios se presente simplemente de forma inesperada y controversial, sino que los judíos no esperaban recibir al Mesías de esta manera, con estas historias, y con estas personas. Lo inesperado se encontraba en sus prejuicios socio-culturales. De la misma manera, las barreras y muros socioeconómicos, de edad, de género, y de valor la hemos levantado nosotros, y estos pasajes sencillos desbaratan nuestros prejuicios hacia nosotros mismos y hacia nuestro prójimo. Seamos quien seamos, sin importar nuestra edad, género o vocación, estemos donde estemos, ya sea en el hogar, el trabajo, el estudio, o en la iglesia, Dios quiere manifestarse en la cotidianidad de nuestra vida, porque precisamente allí es donde somos instrumentos de su Reino.

Escrito por
Germán Casanova
Integrante de Diálogos de Esperanza

viernes, 20 de diciembre de 2019

LA FE DE UNOS PADRES


Lucas 2
21 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido. 22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor 23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor ,24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos.
Estos versos muestran la experiencia de unos recientes padres, María y José en dos escenas diferentes en dos épocas de la infancia de Jesús, la primera es a los ocho días de nacido, y la segunda a los cuarenta días de nacido.

La Circuncisión...

La ley estipulaba que a los ocho días de nacido cada niño judío debía ser circuncidado (Levítico 12:3), cuyo rito consistía en el corte del prepucio del genital masculino. Durante la ceremonia el que realizaba la circuncisión decía: “Bendito el Señor nuestro Dios, que nos ha santificado por sus preceptos y nos dio la circuncisión”. Entonces el padre del niño decía: “Quien nos ha santificado por sus preceptos, y nos permite introducir a nuestro niño en el pacto de Abrahám nuestro padre”.[1] Esta práctica se remontaba hacia la época de Abraham, y representaba un juramento externo, una señal de consagración y pertenencia al pacto que Dios había establecido con Abraham y su descendencia, caso contrario sería “cortado” del pueblo y puesto bajo maldición (Génesis 17). Pero, la circuncisión no tan solo representaba un rito físico para la distinción étnica, sino tenia un trasfondo religioso y espiritual. Pablo en Romanos, la pone como un “asunto del corazón, por el Espíritu” (Romanos 2:28-29), como una señal y sello “de la justicia por la fe” (Romanos 4:7). Era una confesión de fe dramatizada. Es por esta razón que encontramos tanto en el AT como el NT la denuncia sobre la incircuncisión de los circuncidados.

La Redención...

El segundo episodio se da cuando el tiempo de purificación de María había culminado. La ley también estipulaba (Levítico 12:1-3) que cada mujer que daba a luz un hijo quedaba impura por 7 siete días, relacionado a la pérdida de sangre, e iniciaba un proceso de purificación de 33 días para el caso de un hijo, y para el caso de una hija tanto el tiempo de impureza como el del proceso de purificación se duplicaban por razones no que explica la ley. Para poder ser considerada ceremonialmente pura, este proceso de purificación se completaba con un sacrificio en el templo como expiación de su pecado. En este sacrificio normalmente se ofrecían un cordero y una paloma, pero para los pobres se le daba la opción de poder ofrecer a dos pichones de paloma, el cual es el caso de esta familia de Nazareth. Es de esta manera que se restauraba a la comunidad religiosa y participar en las ceremonias religiosas, como la presentación de su recién nacido.

Lucas menciona un tercer rito que paso la familia de Nazareth, el de la consagración o redención del primogénito (Éxodo 13:2; Números 18:16). Esta práctica se remonta a la época de Moisés, en donde el Señor liberó al pueblo de la opresión de Egipto, recordemos que esta se dio por la ultima plaga de la muerte de los primogénitos. Desde entonces el Señor exigió la consagración de todo primogénito para su servicio, pero tomo a la tribu de Levi como representante, aun así, todo primogénito tenía que ser redimido de este servicio pagando 5 siclas al sacerdote, que son equivalente aproximadamente 3 denarios o 3 días de trabajo, para que los padres pudieran seguir teniendo a su hijo y como confesión que le pertenecía al Señor.

Lucas muestra al que trae el Nuevo Pacto siendo circuncidado por el Antiguo Pacto, y al Redentor siendo redimido, el cual realza la naturaleza humana de la encarnación. Y en este tiempo particular, a nuestro Señor, le toco ser un bebe criado por sus Padres. Con todos estos estos ritos que fue sometida voluntariamente esta familia, se evidencia una expresión de fe a Dios de los padres, preocupados por la crianza que debía tener su hijo. Esto solo era el inicio de toda una serie de lecciones que la ley demandaba a los padres, y que debía continuar en el entrenamiento en el conocimiento de Dios y sus leyes (Deuteronomio 4:9; 6:7). Esta pericopa termina indicando el éxito de su crianza y dedicación: “El niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios reposaba en él”.

Esto me hace recordar a Martin Lutero y sus exposiciones sobre el matrimonio, el hogar y el sacerdocio de todos los santos. Lutero rechazaba la idea de que ciertos estados de vida u ocupaciones, fueran religiosamente superiores o más espirituales que las ocupaciones seculares o la crianza de los hijos. Enfatizo mucho en la crianza como el centro de discipulado en el hogar: “Dios ha confiado al seno del matrimonio las almas concebidas en su propio cuerpo, en quienes se puede prodigar todo tipo de obras cristianas. Sin duda el padre y la madre son apóstoles, obispos, y sacerdotes para sus hijos, ya que son ellos quienes les hacen conoce el evangelio. En resumen, no hay autoridad más grande ni más noble en la tierra que aquella de los padres sobre sus hijos, ya que esta autoridad es tanto espiritual como secular”[2].

Una de las cosas que siempre me dice el Pastor Pedro Arana [3] es que nuestra misión comienza en el hogar, como Padres, Yessi y yo, somos responsables ante Dios por el desarrollo integral de la vida de Luquitas, y el próximo bebe. La crianza como desarrollo integral implica una preocupación por: satisfacer sus necesidades afectivas, su crecimiento y fortalecimiento físico, su educación para que se llene de sabiduría, y por su discipulado para que aprenda amar tanto a Dios como nosotros lo hacemos. Es importante recalcar dos cosas (1) que ambos padres tenemos la responsabilidad de la crianza de nuestros hijos, no solo es la tarea de la madre, el mandato del trabajo y la reproducción-crianza en Génesis 1 fue para ambos en iguales condiciones por ser hechos a la imagen de Dios. (2) Aunque en el colegio aprenden muchas cosas, y en la Escuela Biblia Familiar en la Iglesia aprendan de Dios, no olvidemos que la responsabilidad de crianza esta sobre nosotros los Padres, no podemos delegar todo el trabajo a otros, sino que debemos aprender a separar tiempo, para no tan solo estar pasivamente presentes, sino comprometidos e involucrados en su desarrollo integral.

Escrito por: 
Germán Casanova 
Integrante de Diálogos de Esperanza




[1] Fred Wight. Usos y Costumbres de las Tierras Bíblicas. 113p.
[2] Luther Works. Tomo 45. Pagina 46.
[3] De la Iglesia Presbiteriana de Pueblo Libre, Lima, Perú.

EL NUNC DIMITTIS

Reflexiones sobre Simón y el bebe Jesús de Lucas 2:21-40  (Parte II) Lucas 2 25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeó...