Reflexiones sobre Simón y el bebe Jesús de Lucas 2:21-40 (Parte I)
Lucas 2
25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado
Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el
Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que
no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. 27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando
los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al
rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios,
diciendo:
29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; 30 Porque han visto mis ojos tu salvación, 31 La cual has preparado en presencia de todos los
pueblos; 32 Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel.
Estando en el templo la
familia de Nazareth, Lucas introduce en escena a Simeón, y lo describe como
un hombre justo y piadoso, que el Espíritu Santo le había revelado que no
moriría sin antes ver al ungido del Señor, la consolación de Israel. Este es
uno de los títulos o funciones más sorprendentes que recibió Jesús, y que se
atribuye así mismo; en el Sermón del Monte señalo que bienaventurados eran los
que lloraban porque recibirían consolación (Mateo 5:4), haciendo referencia a
su presencia en medio del pueblo.
En los escritos del AT
el que era denominado el Consolador, o aquel quien traería la consolación a
Israel era el mismo Dios actuando en momentos de crisis, sufrimiento y de luto (Isaías 51:12; 1 Corintios 1:3). Pero en estos
versos, vemos que este título ahora es usado para designar al ungido del Señor,
a Jesucristo. Aquí estamos frente a la misteriosa doctrina de la encarnación,
en la que el Dios eterno, poderoso, y fuente de toda consolación, se hizo carne
y habito entre nosotros (Juan 1:14). Con Jesucristo, Dios entro en la humanidad,
vistiéndose de la vulnerabilidad humana de un bebe, en una familia pobre,
autolimitandose para caminar como uno de nosotros, solidarizándose
completamente con la humanidad, pero sin relación al pecado. Esta consolación
ahora es ofrecida y efectuada desde nuestra realidad de sufrimiento y dolor, el
Consolador paso peligro, hambre, luto, lloró, sufrió, fue tentado y murió, y
desde esta total empatía con el hombre es quien ahora ofrece consolación
haciendo “visible” a Dios.
Recordemos que vivían
en una época muy difícil, oprimidos por el imperio Romano con la presencia
frecuente de soldados por la ciudad, altos impuestos, la pobreza en aumento, la
clase religiosa legalista y sectaria, sacerdotes de turno velando solo por sus
intereses, necesitaban urgente la consolación de Dios. Esta era la esperanza de
Simeón, a pesar de que solo vio al bebe Jesús y no lo vio en pleno ejercicio de
su ministerio, consolando a las masas, ni muriendo y resucitando en poder. Su
preocupación y esperanza era comunitaria y social. No tenía solo una fe piadosa
individualista, privada y egoísta, que solo abarcaba su vida y su sufrimiento,
sino que era consciente del sufrimiento del pueblo, conocía la realidad de
muchos hogares de su tiempo, y se alegraba que por fin sus ojos verían a penas
en pañales aquel que traería la consolación.
2 Corintios 1
3. Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo, padre misericordioso y Dios que siempre nos
da consuelo. 4. Dios nos consuela en todos nuestros sufrimientos para que
también, nosotros podamos consolar a quienes sufren, dándoles el mismo consuelo
que recibimos de él. 5. Así como compartimos los enormes sufrimientos de
Cristo, podemos compartir con otros el consuelo que él nos da.
Si nuestras vidas
necesitan ser consoladas, en esta navidad debemos recordar que el Consolador ya
llego, y es misericordioso con cada uno de nosotros, que hoy podemos recibir el
consuelo que nuestra alma necesita. Pero si este consuelo ya ha llegado a
nuestras vidas, ahora nos toca seguir los pasos de Jesucristo, y que el
ministerio o servicio de la consolación debe formar parte de nuestra misión. No
pensemos de la fe y esperanza en solo términos personales, en donde los únicos
beneficiaros tenemos que ser nosotros, sino aprendamos de Simón, que al ver por
fin el cumplimiento de la promesa que le habían hecho, pensó en una realidad
más amplia que el mismo, su nación. ¿Nuestra familia, nuestro vecindario,
nuestra sociedad, necesita ver el consuelo de Dios? Pongámonos en sus manos,
para ser sus instrumentos, para ser sensibles a todos los encuentros con
personas que el Espíritu Santo provoca en la cotidianidad, y que no nos damos
cuenta.
Escrito por
Germán Casanova
Integrante de Diálogos de Esperanza

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