Paul Lehmann, en su libro “La ética
en el contexto cristiano”, hacía notar que si entendemos la política como “mantener humana la vida humana” entonces
“Dios es un político y lo que ha estado
haciendo en la historia es hacer política”. Ciertamente esto es así en
tanto que la acción de Dios en Cristo fue y sigue siendo humanizar al hombre;
tal humanización, a su vez, es el objeto de la política, entendida en su
sentido clásico aristotélico. Siendo esto así, el cristiano estaría llamado, en
resumen, a hacer política. No obstante, muchos levantan una
ceja cuando se dice que la iglesia deba participar en ese ámbito. No solo
porque algunos consideran que la misión de esta se circunscribe únicamente a la
evangelización y al discipulado sino también por la mala experiencia que
tuvieron algunos congresistas “evangélicos” en la década del 90 que pasaron de
ser “la reserva moral del país” a unos “tontos útiles” del régimen. El libro Reino, política y misión del Dr. Alberto Roldán da herramientas para entender cómo
se perfila la relación entre iglesia y política y ayuda a “marcar la cancha” de
una correcta praxis cristiana en el terreno político. A continuación, esbozaré
algunas ideas-fuerza desarrolladas en el autor:
Primero,
la participación de los cristianos en la política se enmarca en algo mayor: el
Reino de Dios. Simplificando la discusión alrededor de este concepto, podemos
decir que el Reino está estrechamente ligado a ciertos valores como la
justicia, la paz y el gozo (Ro. 14:17) e implica la acción de Dios en la
historia; eliminando su corruptibilidad, debilidad y ambigüedad. La iglesia no
puede “privatizar” estas promesas escatológicas, al contrario, le obligan
incesantemente a la responsabilidad social.
Segundo, la iglesia no puede tomar una actitud indiferente hacia la política.
Debe estar comprometida con que por medio de la misma se alcancen los valores
del Reino. La actitud pasiva, por otro lado, paradójicamente también es
política: la iglesia indiferente se constituye como bastión de defensa del
orden establecido. ¿Cómo debemos involucrarnos? Ya Calvino decía que la iglesia
debía orar por sus autoridades y controlar que estas no abusen de su poder. En
la actualidad, algunos autores como Julio de Santana establecen que la iglesia
puede trabajar con otros movimientos sociales que también luchen por la
justicia y la paz, aunque no estén inspiradas en el Reino de Dios. Otros como
Johann Baptist Metz establecen que la iglesia debe ser una institución
portadora de crítica a la sociedad. Aunque sean muchas las posturas que definan
cómo debe ser esta relación, definitivamente la indiferencia debe
ser dejada de lado.
Tercero,
la participación de la iglesia en política no implica que esta necesariamente
deba identificarse con una teoría de la justicia (marxismo, liberalismo,
comunitarismo, etc.) o un modelo de Estado particular (monarquía, democracia,
aristocracia, etc.). La iglesia no debería defender a ultranza ninguna de estas
ni tampoco está en condiciones de sentar una teoría cristiana del Estado justo.
A lo sumo, debe evaluar las contribuciones que puedan hacer estas teorías a los
valores del Reino (justicia, libertad, fraternidad, trabajo, gozo, etc.) y
buscar la cooperación con los grupos que las adscriban, pero no la
identificación con ninguno. Por otro lado, como dichos valores pertenecen
también al lenguaje universal, puede darse que ciertas expresiones de los
mismos no necesariamente vayan acorde a los principios del Reino. Cada
situación histórica y cultual amerita discernir de qué justicia, paz, alegría
se está hablando.
Es necesario mencionar que el libro
no ahonda en el significado de "política" más allá de la definición de "humanizar al hombre". El planteamiento tampoco es sistemático. Realiza, más
que todo, un recuento de lo dicho por autores como Paul Lehmann, Walter
Rauschenbush, Wolfhart Pannenberg, Jurgen Moltman, Jon Sobrino, Miguez Bonino,
Karl Barth, Carl Schmitt, Johann Baptist Metz, entre otros. Aun así, es un buen
libro para aquel que recién se esté introduciendo en el tema. Finalmente, hay
que recalcar que lo escrito por Roldan no se agota en la mera discusión del
café, sino que llama a la acción pues, en palabras del Miguez Bonino ´´El reino no es un objeto a conocer sino un
llamado, una convocación, una presión que impulsa´´.
Nada que sea humano es ajeno al
cristianismo.
Escrito por:
Alejandro
Silva Cárdenas
Integrante del Equipo de Diálogos de Esperanza
Integrante del Equipo de Diálogos de Esperanza

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