Reflexiones sobre Lucas 11:1-13
Cuando los discípulos se acercaron a Jesús a
preguntarle sobre la oración, Lucas nos cuenta que Jesús había terminado de
orar. Esto es algo común entre todos los evangelistas, todos muestran a Jesús
invirtiendo una gran cantidad de tiempo en la oración, después de ciertos
eventos, se alejaba de todo a tener un momento a “solas” con su Padre. Hasta
este momento, Lucas narra hasta en 6 ocasiones donde Jesús se encuentra orando:
es el único que cuenta sobre una oración en su Bautismo (3:16); al crecer su
fama al sanar al leproso (5:16); antes de elegir y llamar a sus discípulos
(6:12-13); antes del anuncio de su muerte (9:18); antes de la transfiguración
(9:28); y cuando regresaron los 72 enviados (10:21). Al parecer Lucas incluye
una narración de oración en circunstancias particulares y especiales en la
misión de Cristo, y lo muestra como un ejemplo de vida de oración.
En todos estos momentos de oración, los
discípulos fueron testigos, estaban ahí, lo veían alejarse desde muy temprano
para ora; pero los discípulos no eran ajenos a la practica de la oración, las oraciones más comunes entre los judíos fueron el “Shema”, el cual era una
composición de Deuteronomio 6:4-9; 11:13-21 y Números 15:37-41; otra fue el “Shemoneh
‘esray”, la cual es una composición de 18 oraciones para diversas ocasiones en el día [1].
Este era un pueblo que estaba acostumbrado a orar, tenían un libro sagrado
dedicado a oraciones “los salmos”, desarrollaron oraciones para todo tipo de
ocasión y circunstancias, el mismo Jesús señaló en el Sermón del Monte que sus
líderes religiosos elevaban oraciones públicas a toda voz (Mateo 6:5), en dicho
sermón, Jesús no los acusó por su falta de práctica y frecuencia de oración
sino por sus motivaciones.
¿Realmente los discípulos no sabían orar? ¿Nunca habían orado en su vida? Había algo diferente en la vida de oración de Jesús, a comparación de lo que ellos estaban acostumbrados, y hasta de sus mismas oraciones que alguna vez habían hecho, y esto fue el impulso que los llevó a pedirle que les enseñe a orar.
Como gran pedagogo, Jesús los lleva a pensar sobre la oración en términos de la amistad y la familia, usó una metáfora sobre un “amigo que viene a visitar a otro amigo y como este no tenía que ofrecerle se fue por ayuda a otro amigo”, y usó otra metáfora sobre un “padre y su hijo”. Aunque la intención de Jesús no es enseñar sobre la amistad ni la paternidad, utilizo estas figuras cotidianas para enseñar sobre las implicancias de la oración en sus vidas. Ver la oración como la amistad y la paternidad, es ver la oración en términos relacionales. Pensemos en nuestros amigos, en el tiempo que podamos disfrutar con ellos en una conversación, una cena, o abriéndole nuestro corazón en medio del dolor o alegría; y ahora pensemos en aquel afecto a nuestros hijos, nuestros padres, nuestros abuelos o nietos, en aquella ternura, amor, el deseo de tenerlos cerca, en la sencillez que podemos estar con ellos. Ahora pensemos en la oración.
Por ejemplo, Mateo nos da una clave adicional: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mateo 6:7-8). Dios ya sabe nuestras necesidades, es más, sabe hasta lo que le vamos a pedir, El ciertamente sabe todo lo de nosotros, así que, la intención de Dios en la oración es mucho más que informarle de nuestras preocupaciones y necesidades, porque Él ya las sabe. Entonces, ¿Por qué Dios quiere que oramos?
Es evidente que la oración es mucho más que una mera conversación y diálogo como lo haríamos con cualquier persona, sino que implica muchas más, es por eso que Jesús describe la oración en términos relacionales y afectivos. La oración es un acercamiento, es tiempo, es comunión, es un encuentro, es una conexión, es una invitación a una relación.
La oración no es un monólogo, no es algo simplemente unipersonal, aunque nosotros somos los que nos acercamos a Dios en la oración, la verdad es que el primer paso lo ha dado Dios: “Clama a mí, y yo te responderé” (Jeremías 33: 3). Dios en su gracia, nos ha convocado acércanos a Él, se ha revelado como un Dios con la disposición para escucharnos, la metáfora del amigo es una figura de contraste, en la que la “inoportunidad” del amigo realza la disponibilidad de Dios en cualquier momento. En la oración, Dios se está mostrando como Padre, Santo, Rey, Soberano, Proveedor, Salvador, y Libertador.
Esto hace de la oración una respuesta a la revelación, un segundo acto, y a la vez una confesión de fe “porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay” (Hebreos 11:6). De esto trata el “Santificado sea tu nombre”. En aquella cultura, el nombre implicaba mucho más que las letras que identificaban a una persona, representaban la personalidad total de aquella, de tal forma que el considerar Santo el nombre de Dios es una confesión que se vuelve una adoración, del cual nos demanda un conocimiento de Él, para acercarnos apropiadamente.
¿Vemos el encuentro que ocurre en la oración? ¿Vemos lo que los discípulos veían en Jesús? Ellos no simplemente veían a un Jesús que informaba, que repetía ciertas palabras en sus oraciones, sino veían el encuentro y la comunión que Jesús tenía con su Padre cada vez que se alejaba a orar. Hasta que no veamos la oración con un encuentro con nuestro Dios, difícilmente lo pondremos como prioridad en nuestra ocupada agenda diaria.
Escrito por:
Germán Casanova Villajuan
Integrante del Equipo Diálogos de Esperanza
[1]
William Barclay. Comentario al NT: Mateo.

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